Textos sobre la demencia femenina.

Última

Cada época tiene su propio vampiro (último post)

Como ya no había nada que decir nos separamos saliendo del cine. Él se fue en un taxi y yo en un colectivo. Nos separamos y me fui a mi casa, a llamarlo, a decirle que nos habíamos separado. Cuelgo el último teléfono. Estoy cansada de vivir en un país sin estaciones, de ver el sol aparecer y desaparecer todos los días a la misma hora, de no conocer la clave de los ciclos, de no ver cómo florecen las mariposas, de vivir todos los días con un fondo verde. Siempre le temo al punto final, no a la hoja en blanco sino a la página plagada de esferas.

¿Ahora qué hago con todo esto? ¿Qué hago con los últimos dos años? Dejarlos ahí, en un portarretratos. Dejarlos aquí, en este artículo. Dejarlos en las sábanas que eché a lavar, en las copas, en las tangas que lancé por el sifón. Dejarlos, no curarme más de ellos, no vaciarme en ellos nunca más. No leer a Coupland ni a Carver hasta que tenga treinta. Deshojar las calles por las que no debo pasar, o exiliarme en un país al norte o al sur, dependiendo de en qué época del año me vendría mejor el frío. Si me voy el viento me haría olvidar. La lluvia, el silencio, eso sería todo. No volver a escuchar el piano, ni a Nick Cave. Desintegrar las palabras que componen entre todas las mismas historias. Empezar un nuevo blog, volver a palidecer. ¿Qué hago con todo eso? Ni siquiera estoy hablando de helados o de domingos por la tarde. No sé que hacer con esta estación, con todo lo que contiene: las doce horas de sol y que no pasen los días, que mañana no amanezca un día diferente, sino el mismo. La gente del trópico no comprende. No sé qué hacer. Lo último que supe de él fue que se iría. Lo último que sentí fue que se había ido la mitad de él, y que su cuerpo cortado al medio soportaba mis lágrimas como un cangrejo que sostiene la arena en la que se mete.

No más Leonard Cohen, que se calle ese y que se calle también toda la gente de los ochentas, nos dejaron a los demás con la resaca de Woodstock y con una discoteca pop-art y un montón de ilusiones vacías. Pensar que cuando lo conocí ya se había casado, y que estando de novios me mandó un mensaje de texto: “ya soy divorciado”, y yo no me emocioné porque eso del reciclaje no sirve. Tener algo que uno sabe que va a durar menos tiempo y va a funcionar peor porque está más roto y más prefabricado. Porque las manchas no cierran. Hay que hacer una lista, como un inventario, pensar en las cosas que uno jamás va a tener y mirarlas. Saber que a uno no lo van a invitar a vivir ni van a destaparlo como a un regalo. Saber que si uno cocina le va peor y que si se descuida puede terminar hablando de cómo una ex enfrentaba su periodo, su malestar, su mal genio. Tengo que acostumbrarme de una vez a que la única canción que me pudo dedicar fue “All I really want to do”, de Bob Dylan, y odiar a Bob Dylan como se odiaría a una madre que no nos dejó ir a una fiesta.

Llorar ya no está tan fácil, aunque las estrías ya no dejen cicatriz y todo se pueda sanar con un par de cucharas heladas. Llorar no es tan fácil con el útero vacío, con todo el cuerpo vacío. ¿De dónde sacamos agua? De la lluvia, de la nevera, de la tierra destilada de las plantas. De los mechones de pelo que se cayeron al piso. Toda la raíz del abandono ha desnudado sus vértebras, la rabia puesta en un cuello. Llorar no es fácil cuando se tienen los puños vencidos, la sensatez despierta, decir el dolor sin que duela.

Todo apesta, hasta el olor del cigarrillo apesta. Desmemoriar las memorias, qué problema. Buscar algún otro sujeto, qué problema. Uno sin caries, un ex – alcohólico, un ene-ene. Uno que no se haya casado, que no haya vivido, que no entienda. Que cuando uno le hable de las relaciones después del amor se quede callado. Que cuando uno se siente en la tasa delante de él se sorprenda. Que cuando uno le pida nalgadas responda “nena, pero si yo te amo”. Un tipo que no haga vivir pero que acompañe los días como si fuera una lápida llena de flores. Un tipo serio.

Fin (…)

MAL

Treinta días de negación

Lo último que recuerdo es un abrazo que no duró nada, luego negación, negación, ocho días de negación, treinta días de negación, y luego las semanas recobraron su peso y su memoria, su figura estilizada o anémica. Me aterrorizaba el título que recibían los días, me aterrorizaban los viernes y la fila de horas oscuras que les seguían. Fueron tantos cigarrillos que hicieron que me acordara que desde los nueve no tengo amígdalas, y que antes de eso era insoportable tenerlas, un taco en la garganta, como un Watergate, y cómo la penicilina eran millones de agujas haciendo filas adentro.

Ya no puedo hablar del dolor físico porque soy adulta, y ya es imposible explicar que estoy enferma desde niña, que tengo un malestar más largo que mis pasos, algo que no es un vacío sino una patología, como una colcha de lana que tejo a través de una interminable lista de rosetas de minitelar, músculopormúsculo, escarpines que se hicieron aserrín, alpargatas debilitadas por el polvo, cabellos que se reventaron pero siguieron componiendo la trenza, un aullido machucado, sonando a ventana que no cierra. Eso, la penicilina, la manera como odié a mi pediatra, el primer hombre que amé.

Con la tristeza pasa lo mismo que con la sombra, uno solo la descubre moviéndose ante la luz. Nunca he sido feliz, he sentido toneladas de placer, las hamburguesas de los retiros espirituales, los cartuchos de plástico que se quebraron y por eso los enterré, los doscientos pesos que me pagaba el padre por cada misa que le acolitaba, la lista de pasos para hacer el amor que solo contenía indicaciones para darse un beso, cuando me dijeron que me iban a regalar un perro, cuando pude decir algo útil sobre la racionalización en clase de álgebra, los aplausos de cientos de sujetos cuando acabé de recitar el poema que mi abuelo me recitó cuando se estaba vistiendo, completar cuatro sellos de países distintos en mi pasaporte, el día en que Ulrich Cova me tocó los senos y la primera cerveza fría que me tomé sin amígdalas.

Todos los días memorables de mi vida están vestidos con la ropa que yo llevaba puesta. Entonces, no me la puedo volver a poner, atrae las ansias. Así estoy mejor, quietica, debajo de ocho niveles de lana, y ese llanto en voz que no suena desde el pecho sino a un metro y medio de mi garganta. Así está la cosa, no estoy nada bien. Bad bad, y la lectura que estoy haciendo me dice hasta en los pies de página que se va a marchitar entre ceja y ceja, esa, por llamarla de alguna manera, tristeza, porque no podemos llamarla de otro modo. Yo también te quiero, tú también me importas. ¿What the fuck is this? ¿Meditation? Yoga, me dice mi amiga Ángela que haga yoga, que me lea las cosas de Walter Rizo, que él dice que uno está acostumbrado a buscar las llaves donde no se han caído. Ojalá fuera así, pero yo nunca las solté, yo nunca las tuve, yo nunca fui feliz, solo tuve orgasmos en las autopistas, en Chapinero y a bordo de un Airbus.

Que eso pasa, que no me desespere. No sé si he estado desesperada, he estado borracha, dormida o drogada, cuando me despierto la veo, a la tristeza, porque no podría denominarla de otra forma, así que me machaca, me dice que estoy preciosa y se derrite y me derrito y nos derretimos juntas. De nuevo mi cama, de nuevo el viernes y la tiniebla y voces hablando en inglés, y de nuevo sé que voy a destruirme y a fumar y a echarme un remedio que compré hace cinco años para el dolor de garganta. De nuevo sé que voy a mandarle un mensaje de texto a ella, a la tristeza, con cosas absurdas de las que luego tengo que rectificar el tono y la burla. Luego la llamada a un amigo y el maquillaje, los tacones que me compré para manifestar que soy inteligente, que lo tengo todo aprendido, que soy casi una adulta. Todo para acabar bajo muchos niveles de hibernación con guayabo, con los huesos, la cabeza ardiendo, con la losa sin lavar. No he sido feliz, la tristeza tampoco me hizo feliz, solo me dio placer, me hizo el amor, me dijo que fuera su novia, me buscó por todas las calles, me invitó rosas, y al final me dejó por otra mujer.

Treinta días de negación, a los cincuenta me iré caminando por la ladera de una colina y le arrancaré las flores, y las dejaré caer sin deshojarlas.

 MAL

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Bibliografía

Pecado de omisión (fragmento)

El verano pasó. Luego el otoño y el invierno. Los pastores no bajaban al pueblo, excepto el día de la fiesta. Cada quince días un zagal les subía la «collera»: pan, cecina, sebo, ajos. A veces, una bota de vino. Las cumbres de Sagrado eran hermosas, de un azul profundo, terrible, ciego. El sol, alto y redondo, como una pupila impertérrita, reinaba allí. En la neblina del amanecer, cuando aún no se oía el zumbar de las moscas ni crujido alguno, Lope solía despertar, con la techumbre de barro encima de los ojos. Se quedaba quieto un rato, sintiendo en el costado el cuerpo de Roque el Mediano, como un bulto alentante. Luego, arrastrándose, salía para el cerradero. En el cielo, cruzados, como estrellas fugitivas, los gritos se perdían, inútiles y grandes. Sabía Dios hacia qué parte caerían. Como las piedras. Como los años. Un año, dos, cinco.

La autora? Ana María Matute (1926) Hay, a veces, en sus obras, un tufillo de compromiso social que ya no puede conmoverme. Sin embargo la leo porque me divierten los doloroso escenarios infantiles que construye. Veo la niña que fue, y se me llena la boca de agua.

La evolución de las especies

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“Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay”.

Alejandra Pizarnik

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         Ni Benjamín ni yo pudimos dormir anoche con la martilladera. Tuve que salir a llevarles tinto a los obreros. Fue una actitud de conciliación. Benjamín y yo no podíamos dormir y yo tengo una cafetera muy grande, como para veinte tasas. Repartí la caridad y me quedé ahí un rato, esperando los pocillos. La calle parecía el rostro de un gamín, llena de vetas, y el frío era tan nítido que se descomponía ante mis ojos, sentía cómo dejaba de ser un fantasma para hacerse materia. Hasta las uñas me dolían. Los uniformes tenían destellos de luz rebotada. No sé cómo a nadie se le ha ocurrido hacer figuritas de obreros con ese material que brilla en la oscuridad, es mucho más lógico que las estrellas.

      Todas las calles de esta ciudad en las que he vivido las arreglan constantemente, las abren, las descuajan, las rellenan y las sellan. Uno no tiene otra opción sino llevarles un tinto a esos tipos, compartir la desolación. Anoche había unos siete hombres de casco amarillo, las caras negras o sucias, eso nunca se sabe. Todos agachados contra el andén haciendo una zanja que da vuelta a la manzana. Quién sabe qué domicilio estarían haciendo, no pregunté. Tampoco nadie habló del frío.

        Después regresé a la casa y Benjamín no paraba de mirarme, pero aunque su presencia me partía no pude echarlo, ni embutirlo en el clóset con la ropa sucia o con esos bolsos que me compré en San Andresito y que ya no uso porque son escandalosos y baratos. —¿Y qué quieres que haga?, le dije. Puedo sonar esquizofrénica, pero a mí me daba la impresión de que Benjamín se movía, estaba olfateando algo. Ese olor. Hasta yo sé reconocer que mi cuarto huele a humano-pudriéndose.

         Por un lado está la pared, que como no tiene construcción del otro lado, deja filtrar la humedad y ya hasta tiene unas vetas de vidrio, ¿algas?, ¿hongos?, ¿nubes? No, es algodón deshojado. Después están las plantas que tengo en la repisa de la ventana. A veces no sé si se están marchitando o si solo están volviendo a nacer. Yo les recojo las hojas caídas y les echo agua con la chocolatera. Hablarles si no puedo, aunque mi mamá dice que ellas entienden. De todas formas raras si son, porque aquí no hay viento que les tumbe las hojas, pero las hojas se les caen. La ventana permanece cerrada. Solo la abro cuando estoy en casa, y sobretodo cuando voy a fumar, pero la abro y se mete todo el aliento de Monserrate, eso si es para tiritar trip trip trip.

         El trip trip trip es porque me estoy leyendo Opio en las nubes y hay un gato que llora como si se drogara. Todo el tiempo dice —Qué cosa tan seria, y el trip. Ese gato se parece mucho a Benjamín, aunque Benjamín no es un gato sino un lémur. Sí, como los de Madagascar. Los lémures iban a ser humanos pero se quedaron a vivir en esa isla y por eso no evolucionaron. Si Benjamín pudiera hablar, no imagino las cosas que diría de mí, serían mejores que las de Pink Tomate, aunque no sé si hablaría en inglés, en algún dialecto africano o en español, porque él es de San Francisco, pero vive conmigo hace un año y medio en Bogotá. Me lo regalaron por ser una niña

        —Ya te lo dije, te dije que no va a volver, y que yo no sé cómo jugar contigo. Toca que te aguantes, le dije, sorbiendo café. Ya no sé si se lo dije en voz alta o si le susurré eso al tinto. Prendí una vela para fumarme un Marlboro. Qué estereotipo. Los obreros seguían dándole al cemento con sus enormes martillos. Podríamos comparar todo esto con un guión de Sofía Coppola, de esos donde los personajes son todos unos exitosos perdedores y a uno le da la impresión de que en las películas nunca pasa nada, pero cuando ruedan los créditos uno dice algo como “Mierda, ese soy yo”, entonces dice que sí, que la peli estuvo buena.

         Benjamín me miraba con esas intensas pepas amarillas. Se agachaba como si fuera a acecharme con más preguntas. —Ya no me jodas, le dije o lo imaginé. —Ya te he dicho que los seres humanos cambiamos muchas veces de opinión, así que no sé si vuelva. Esa idea retumbó en mis oídos como otro martilleo, un golpe fino e inmenso. Afuera el rastrillar de las palas sobre la acera. No sé si fue buena idea llevarles café a esos pobres tipos y tenerlos despiertos con los esófagos calienticos, pero trabajando. Para completar también yo había tomado café, así que tendría que meterme unas treinta gotas de valeriana o ponerme a leer a Chaparro. Todavía estábamos lejos del amanecer.

     Fui al baño, qué dolor. Retorcijones. Es muy duro cuando uno somatiza la tristeza. Uno no come nada pero se la pasa sentado en la tasa todo el día. Cuando regresé a la alcoba Benjamín tenía una cara amarga. No sé si sería la noche, o que le acababa de toser encima. Mi alcoba huele a clínica del Pacífico, a bodega de cintas de cassette usado, a barbecue, incienso de canela, y humo. Pobre Benjamín, todo ese olor ya se le impregnó y por eso me mira como si yo fuera a darle el baño de las mujeres cuando las violan. Ni siquiera he lavado mis tenis desde que los compré. Además un peluche lavado siempre queda oliendo a humedad, y eso aquí está de sobra.

         Con toda esa escena la cosa se volvió como de cementerio. Menos mal tengo todos los medicamentos necesarios para controlarme. No me molesta. Después de todo este es un lugar agradable, y supongo que el frío cumple la función de hacerme recordar.

MAL

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Bibliografía

“Cerca del corazón salvaje” (fragmentos)

Soy un animal de pluma, Lidia de pelo, Octavio se pierde entre nosotras, indefenso. ¿Cómo escapar a mi brillo y a mi fuga y cómo escapar a la certeza de esa mujer? Nosotras dos formaríamos una unión y abasteceríamos a la humanidad, saldríamos de mañana, temprano, de puerta en puerta, tocaríamos el timbre: ¿cuál prefiere usted, el de ella o el mío?, y le entregaríamos un hijo. Comprendo por qué Octavio no se desligó de Lidia: él está siempre dispuesto a lanzarse a los pies de aquellos que andan hacia adelante. (…) Mis manos y las de ella. Las mías –esbozadas, solitarias, trazos hacia adelante y hacia atrás, descuido y rapidez en un pincel mojado en tinta blanco-triste, estoy siempre llevándome la mano a la frente, siempre amenazando con dejarlas en el aire. (…) Las de Lidia –recortadas, bonitas, cubiertas por una piel elástica, rosada, amarillenta, como una flor que vi en alguna parte, manos que reposan encima de las cosas, llenas de dirección y sabiduría.

¿La autora? Clarice Lispector (1920 – 1977) escribía con ironía, con punzadas (dolorosas, repentinas, crudas), con serenidad de raíces en la rabia, la amargura silenciosa de los días. No leyó a los filósofos. Por eso lo entiendía todo. Entendía hasta las ideas que ya dejaron de ser palabras.

Lo siento, los borrachos no son superhéroes

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“Esta mañana soy otra,
toda la noche el viento me dio alas para caer”.
Blanca Varela.

 

Una de las cosas más inteligentes que he leído es un pequeño texto de un amigo en el que se preguntaba cuál sería el poder ideal de un superhéroe. Según él no es visión infrarroja, invisibilidad, megafuerza o flexibilidad extrema. Es el poder de la invulnerabilidad. Invulnerabilidad para caerle a cualquier mujer sin sentirse menos, de enfrentar una situación de peligro sin miedo de morir o ser herido, o de no tenerle miedo a un tombo o a un indigente. Yo que soy víctima de la vulnerabilidad social de una mujer sé lo que se siente ser un canguro en un campo de minas antipersona. El peligro anuló mi tranquilidad, y la gran ciudad me domesticó con terror. Después de varios chuzos aprendí a cuidar de mí misma: toda esa letra entró con sangre. Pero tú eres un muchacho, y no sabes que el mundo no se puede habitar sin miedo.

No sé si es por euforia lo de tus borracheras. La euforia solo la siento cuando voy a más de 100 km por hora en una amplia avenida, y me atraviesa el viento. Tampoco sé si de verdad confundes la euforia con la alegría o si simplemente piensas que estar alegre es una sensación de invulnerabilidad. Lo siento, los borrachos no son superhéroes, y por el contrario, son la cosa más humana que puede haber, demasiado humana para una gran ciudad, para Bogotá o la que sea, y quizá excesivamente humana para una alcaldía de Samuel Moreno.

No sé si es ansiedad lo de tus borracheras, pero si estás enfermo la grata noticia es que todos lo estamos, y por tanto todos necesitamos pepas, abrazos, llanto, y algunos atracadores que nos defiendan de las tinieblas. Yo soy adicta al Microgynon, al Acetaminofen, al Omeprazol y al parecer ahora también al Xanax. Nunca he tomado pepas de las que manda un psiquiatra, pero creo que es porque nunca he tenido acceso a un psiquiatra. A veces no puedo controlarme, pero tengo un corazón muy fuerte, o una personalidad dramática, así que busco las películas animadas o las comedias, y evito las de terror y suspenso. Cuando yo era niña mi abuela gritaba mucho, para ella el mundo se está acabando hace ochenta años, y todo lo que no tenga agarraderas o esté metido entre un delantal, es potencialmente peligroso. Me repetía: ─Téngale miedo a los ladrones y a la candela─. Yo he tenido que lidiar con todos los atracadores de Chapinero y mi abuela se quemó el cuerpo entero al caer en un charco de aceite encendido. Se puso demasiado nerviosa cuando vio encandelada una paila sin mango y la agarró sin guante. Las curaciones a sangre fría le hicieron tomar ese gesto de Jon Voight en “Anaconda”: con los párpados caídos por encima de las pestañas y los ojos permanentemente aguados. Ya era imposible mirarla sin compasión o sin asco.

A mí los atracos me dejaron un latido más severo, un mejor estado físico, la capacidad para construir planes de escape, pero sobre todo, una garganta alcohólica: solo tomo lo que me permita regresar a mi casa a salvo. Ladrones y policías son una misma cosa, lo único que los distingue es que unos van en camioncitos blancos, les gusta el verde fluorescente y sólo pueden decir una frase a la vez; los otros van en carretas, visten de negro y no gastan su dinero en pensiones o cajas de compensación. Su mayor parecido es que tanto los unos como los otros tienen como plan de vida perseguir a gente como tú o como yo. Nos persiguen porque no somos ciudadanos: todos los candidatos por los que hemos votado hasta por cosas tan mínimas como una alcaldía local, han perdido; tiramos las colillas al piso y a veces hasta dejamos cicatrices en él; no le damos plata a los pobretones de las busetas que venden lapiceros o golosinas derretidas, ni cedemos la silla para que putas embarazadas descansen sus culos sin plata, o ancianos pensionados las usen como sillas de ruedas. Por eso te atracan o te llevan a la UPJ, porque piensan que no has trabajado y te ven tambaleándote con ese aliento sin oxígeno, viviendo como si la ciudad fuera tu hábitat, eufórico, demasiado inteligente para un mico.

A veces tengo tanto miedo que me comporto como un animal aterrorizado cuando salgo de noche, como si fuera un murciélago que necesita la luz. Y cuando sé que eres tú el bicho sin cueva yo soy el ratón en la trampa: solo se me ocurren maneras enfermas de cuidarte, como la vez que salí a la media noche a caminar por la séptima, buscándote en cada bar, hasta en los que sé que nunca entrarías, y al final regresé a mi casa con las manos llenas de plomo, los ojos ardiendo sin derramarse, rabia sin diluvio, excitación. No sé qué impulso me lleva a cometer esos suicidios… las maldiciones que vienen de ti, mi enfermedad que proviene de ti. A veces creo en Dios solo porque como mortal y como mujer no puedo cuidarte, así que mando al Sheriff invisible a que te cuide, pues desde aquí abajo se siente mucho frío. Frío como el de una cama sin brazos.

Cuando soy ese animalejo nervioso me doy cuenta de que mi mayor incapacidad es la de no poder esperar. Cuando intento dormir sin que hayas llegado a casa, cuando intento conciliar el pulso sabiendo que andas por la ciudad como un héroe sin poderes, mis ojos no cierran. Supongo que no puedo esperar porque todo lo que esperé cuando era pequeña nunca se dio. No es que fuera caprichosa, de hecho, todo lo esperaba como si fuera un perro, pero en mi casa nadie supo lo que era ser una palabra, y llevarla a la dimensión de los sentidos.

No quiero invadirte, solo quiero cuidarte. Solo quiero pensar en ti para que te duermas. No quiero impedir que te embriagues con tus amigos, pero quiero tener la certeza de que llegarás a casa con todos tus órganos en la panza. Sé que no eres un superhéroe y eso es lo que me da miedo, saber que si sangras demasiado, morirás. Si pudiera pagarle a uno de esos superhéroes para que te cuidara, lo haría, pero eso solo se hace con fe, y tú y yo somos ateos.

 

MAL

 

 

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Bibliografía:

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Te amo porque eres una ficción malvada y saludable.

Si cesaras se extinguiría mi existencia de inmediato.

Te podría hacer desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.

Pero, luego, ¿cuál sería mi castigo?.

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En una mano la rima

como una lágrima

en la otra el silencio

como una espada.

 

Échame de mi cuerpo

son las doce

sin sol ni estrellas.

 

¿La autora? Blanca Varela (1926 – 2009) Perú le parió al mundo este monstruo de dinamismo. La consentida de Octavio Paz, la poeta que cogía del pelo lo abstracto y lo convertía en carencia. A veces no da muestras de abundancia, pero ah!, lo que esconden sus líneas!. Muy romántica para las vísceras, pero visceral para lo romántico.

 

Día del periodista (or the quantum mechanics)

I found a card, it is not important what kind of card, but I found a card, white, red and blue, with letters. There was a name, I read it. I read it again. I saw the phone numbers. I was thinking about writing an E-mail with something stupid like: “Hi, this is Maria, the failed journalist. Do you have some job for me? I’m not the desperate housewife, I work, but I don’t love my job. Neither have I a bad husband, because my boyfriend is divorced, and I’m not pregnant, but I’m not happy. In fact, writing is the thing that I love most in the world, and I even write for my living , but for me it’s not important what I write in my work, so I don’t think so much to write in my job. There I write about tourism. Interesting? No. it’s not interesting, it’s the same beach, the same colonial cities, the same museums of art, the same fucking hotels with white towels and little hand cream jars. People think I need to travel to write about a place. That is a lie. I travel, yeah, I was in Aruba and now I can write about any island in the Caribbean Sea. I lived one month in Buenos Aires and now I can talk to you about Argentina, Uruguay, Paraguay, the Atlantic coast, Patagonia, South America, etc. Because I write about places I’ve never seen in my life. Believe me, I’m a good worker, a good slave, a good girl. In fact, I’m writing ten articles per day, I can make an interview after been doing crochet, I can ask the same questions in six different ways, I can smile in front of a disgusting man about whom I have to take notes, I can use collared shirts and my pants are ironed, I can take photos of people with tie and use Photoshop, I can take a bus until the other end of the city, I can prepare coffee, wait for one hour for a date and say things like ’Don’t worry, it’s okay. This is my job’. But this is not my job, my job is to live, my job is not to be a messenger door by door, cocktail by cocktail, my job is to write things that I want to read, not things to fill the pages, because I need to fill too many pages for two hands. I don’t know how to pick up apples in little time. I want to eat the apple, enjoy the flavor, the texture, investigate about apples, read about apples, speak with people who know about apples, and write an article about Newton”… I didn’t write the E-mail, I just thought about the quantum mechanics behind I ate a sandwich, or my lunch. I bought a red lipstick, and I know that I won’t have money tomorrow.

 

MAL

La enfermedad es la salud de la mujer

A Caro Morales y Juli Marín

 

“De niña a mujer”. Tenerlo en el bolsillo nos hacía mujeres aunque no sangráramos. Era rudo. Sólo en la primera página el autor aseguraba que su lectora “pronto tendría un nuevo mejor amigo: el calendario”. Nunca fue un amigo sino un desafío, pero gracias a él aprendí a ser consciente del tiempo, a convertirme en el tiempo. El calendario era el hombre que me hablaba desde el libro.

“De niña a mujer” era de la editorial Practi-libros, una colección de cartillas pequeñas, de pocas páginas y con títulos tan subversivos como “Venza de una vez por todas su timidez”, “Disciplina sí, pero con amor” “Separación sana, hijos estables”, “Los maravillosos usos del bicarbonato de sodio” y “Soy adolescente, ¡por favor entiéndanme!”. Todos esos los tuve, o mejor dicho, me los regaló mi mamá. No supe por qué me daba una “guía práctica para entender el proceso que vive su hijo”, pero hoy no tengo dudas sobre lo que quiso provocarme con “De niña a mujer”.

La cartilla estaba ilustrada con siluetas como de Play Boy; mujeres desnudas, de labios voluptuosos, inmensamente formadas, de pechos elevados, nalgas boqui-largas, piernas de estoraque, frágiles, casi como si bailaran ballet con ellas, dosis de pestañina y los ojos reteñidos, de iris oscuro, cabello negro, bordes negros, silueteado negro. Todas eran muy flacas, de ombligo mirándonos. Las siluetas, el calendario y yo. Yo tenía que hacer lo que hacían las siluetas cuando me lo indicara el calendario.

La primera silueta llevaba el cabello recogido en una cola de caballo, tenía el brazo derecho levantado y doblado, y la mano detrás de la cabeza. Con la mano izquierda se tocaba el seno derecho, que estaba erecto y nutrido, y su sonrisa era casi de súplica. En frente de esa silueta había otra silueta en un espejo, la misma, contraria. Hicimos lo mismo, mi reflejo y yo, y ahora éramos cuatro siluetas tocándonos los senos. Buscábamos tumultos, dolores, algo fuera de “lo normal”, y para ello nos mirábamos fijamente, las dos parejas, por largos minutos.

Fue entonces cuando mi abuela me dijo que mi cuerpo no se había desarrollado a tiempo y me llevó al Hospital Infantil. Estaba preocupada. Doctor, sinceramente yo no sé qué hacer, mírela, es una niña tabla, ¡niña tabla! ¡Ay! no, no, no, no, ¡Jesús, María y José! Con 14 años y nada que le llega la visita doctor, por qué no le manda algo a ver si le viene, doctor. ¡La enfermedad es la salud de la mujer! Mi abuela gritaba como si se tratara de un cáncer, regada en la silla donde apenas le cabían las nalgas.

Eran dos los doctores del consultorio, dos hombres o dos calendarios, y yo sin blusa, con miedo, con una cosa que me tiembla en el pecho desde ese día, que no es un látigo. El doctor y el aprendiz me miraban el pecho sin telescopio. ¿En qué etapa está?, dijo el doctor, mirando a su estudiante. El otro se quedó meditando, de pie, pero yo sentía sus codos apoyados en mi vientre. Respondió: Etapa uno… etapa dos… Bien, dijo el doctor, ¿cuál es la diferencia? Hay uno que se está levantando más rápido que el otro, respondió el practicante, el izquierdo puede estar en una etapa uno, porque sólo tiene la punta del pezón levantada, mientras el derecho está en una etapa… uno, quizá acercándose a la dos, porque tiene la aréola más oscura y el pezón más crecido.

Miré a mi abuela, que era como un juguete más en ese consultorio. Se parecía a los pinochos del jardín, con todas esas llantas entre la cabeza y las patas. Me miraba a través de sus gafas bifocales. Pobre mujer, lo que lloró por mi sangre. Quizá soñaba todavía con que yo fuera doctora, y quería que viera todo lo que eso le servía a la gente.

No sé si me convertí en mujer gracias al libro o a las pastillas que me mando el doctor. Sólo recuerdo que del manoseo de tetas para encontrarse un cáncer me quedó un cierto gusto por las mujeres.

 

MAL

 

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Bibliografía

Nada (poema)

hoy seré lo que soy desde que he sido

he sido
quizá
hace siglos

quizá
hace nada

quizá
en el fondo de un pantano
que no es tiempo
que no es el espacio donde habito

fugazmente te encuentro
contigo hablo
(niño a niño)

como el agua entre tu cuerpo
cuando llueve

o mi boca con tus labios
cuando hay beso

es inútil pronunciar este misterio
que es lo simple o lo divino
o una de las nadas que tenemos.

¿La autora? Julia Erazo Delgado (1972) Nació debajo de mí, en Quito. Ha hecho mucho aunque no aparezca en nada. Seguramente lo mejor de su literatura sigue inédito.

 

 

La Barbie del mechón que cambiaba de color con el sol

Envuelta en una libélula de papel celofán estaba la muñeca, la Barbie con el mechón que cambiaba de color con el sol que yo le había pedido al Niño Dios en mi carta.  Me sentí orgullosa de tenerla conmigo ya que había hecho especial énfasis en explicarle a mi destinatario en qué consistía la Barbie, porque muñecas como esa habían muchas, pero yo necesitaba tener exactamente aquella que traía en el empaque un cepillo especializado para su cabello, donde resplandecía un mechón que cambiaba de color y que estaba colgado del pelo de la muñeca con un gancho. Quería esa Barbie para darle la vuelta a la manzana peinándola, haciendo como que nada más me conmovía, dándoles a entender a quienes me miraban que yo no sólo había pedido una muñeca, sino los suplementos que me permitieran saber lo que haría con ella, y yo quería peinarla porque a mí ya me peinaba mi abuela.

Todo era muy ceremonioso, primero acomodábamos todos los materiales encima de la lavadora, el agua en una tasita, la laca en un tarrito de splash, la peinilla azul de cerdas gordas y angostas, las bandas de caucho con las que amarraba las carteleras, la toalla, y una de las sillas del comedor. Nos hacíamos en el patio, yo con el pelo castaño medio mojado cayendo en mechones alrededor de mi carita pálida, mi carita de los siete años, y mi abuela con ese cabello diluido entre el plateado y el azul y levantado en ondas de aluminio como si fuera un enorme bolero encima de su cabeza. Tu abuela sí que sabe de la mecha, me dijo una vecina cuando me vio parada frente a su casa poniéndome en la cabeza el mechón de mi Barbie, que estaba rosado, porque siempre estaba rosado bajo el sol y mono bajo la sombra. Recordé el cabello de mi abuela, por el que todos la reconocían y admiraban, ese conejo blanco que ella pintaba con una tintura sin amoniaco, y lavaba con jabón Rey.

¿Sabes qué es El grito?, me dijo mi tío, y le respondí que un dolor. No, El grito es una obra de arte de un señor que se llamaba Edvard Munch, me dijo, y me sentó en una de sus piernas, donde quedé colgando, donde quedó colgando mi vestido de seda azul celeste y donde quedó colgando mi Barbie. Mi cuerpo era tan pequeño que siempre lo he recordado como una frágil torre de huesos cubiertos por una cortina, aunque amaba ese vestido de delantal que me hacía sentir igual a un jarrón levantado en un centro de mesa. Entonces mi tío, que tenía todos los sentidos faciales en el exceso, se puso las manos a lado y lado de la cabeza, apretándola hasta que la boca se le abrió en forma de huevo, y los ojos se le dilataron como si fueran a salir volando, me miró y me quedé pálida, del color del vestido, pues era el rostro más feo que había visto en mi vida, hinchado, me aterraba, le vi todas las venas de las escleróticas, las calzas negras y plateadas de las muelas, la campanita titilando en el fondo de todo, toda la circuncisión de barros de sus pómulos, las hondas zanjas de su frente, ese conjunto me aterrorizaba, me perseguía de ahí hasta recorrer todos mis sueños siguientes. Supe lo que era el miedo, supe lo que era la culpa. Así es el cuadro, me dijo, y así hizo tu abuela cuando le tinturaron el pelo de negro. Sonrió aún con los ojos muy abiertos y me tocó la punta de la nariz. Escuché el cepillo de mi Barbie caer al piso, fue igual al sonido de una tapita de gaseosa que se cae.

El grito me estaba peinando, me senté para un lado y mi abuela me pasó la peinilla por toda la cabeza, sentía las agujas en el cuero cabelludo, después dividió todo por mechones, cuatro en total, como los lóbulos del cerebro. Siempre empezaba por la derecha, todo por el derecho, decía, y distribuía mechones más pequeños al borde de la frente, desde donde se extendería una nueva trenza de riñón que dolía y dolía. El que quiere marrones que aguante tirones, mi cabeza se convertía en una soga que las dos jalábamos para lados opuestos, una roseada de laca, un nudo entre los mechones, jalón, jalón, jalón, cada trenza se hace de tres mechones y en las de riñón los mechones crecen porque agarran más pelo por el camino. Mi abuela terminaba de un lado y el dolor de pujar se trasladaba para el otro, trence que trence porque yo era un pedazo de cabuya, y al quedar lista era una reina egipcia en mi vestido de seda. El que quiere marrones que aguante tirones, a veces para calmarme me cantaba una canción de cuna, qué dolor de cabeza, la frente estirada, la boca dolía al abrirse, los oídos izados como banderas, y yo que no quería marrones. Pobre muñeca, las veces que la peiné.

MAL

 

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"El alcohol suplió la función que no tuvo Dios, la de matarme, la de matar."

Bibliografía

El amante (fragmento)

Un día, ya entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, un hombre se me acercó. Se dio a conocer y me dijo: “La conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven era usted hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud, su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora, devastado”.

¿La autora? Marguerite Duras (1914 – 1996) Nació en Indochina, alcohólica hizo una mejor obra, ácida sin rencor sino con limpieza, capaz de mostrarse a sí misma como un pájaro herido, como una no-sobreviviente, como una hechura de…

Enero

Alicia había citado a Mariano en el café Las Violetas, que quedaba en la esquina donde convergen la calle Medrano y la avenida Rivadavia. Hacía un calor que chorreaba por los cuellos y que ya no se evaporaba, y las argentinas lo dejaban ver a través de su desparpajo de faldas anchas y pelo enredado, recién salido de los brazos del shampoo. En el café los vitrales franceses de los ventanales se levantaban en cúpulas de iglesia, y el piso italiano sostenía el ir y venir de los meseros, que alzaban sus bandejas como si fueran trofeos. Aunque Alicia hizo todo lo posible por llegar antes, llegó después, y Mariano ya se encontraba sentado en medio del salón haciendo una orden de sándwich con queso y cerveza negra. Su camiseta, de mangas recortadas, daba a luz unos bellos melcochados en las axilas y un vómito de sudor. Alicia se acercó a la mesa y un abrazo torpe se estrelló sin remedio. Se sentaron. ¿Nuevo corte?, le dijo él, sin hacer ademanes de explicar su sorpresa tímida. Algunos cambios, respondió ella, que había clavado su atención en la carta de bebidas y se disponía a hacer su pedido: Quiero una Stella Artois, por favor, dijo. El mesero se retiró y la pareja quedó sola en el centro del lugar. Si Alicia hubiera llegado antes seguramente habría elegido una esquina, siempre elegía los rincones, pero esta vez estaba lejos de todos ellos. Ambos se miraban avergonzados, aunque a él se le notaba un poco más porque tenía unos ojos muy pequeños, rodeados de unas jugosas gotas que seguramente habían acentuado las pecas de la cara, una cara blanca, como de vikingo, con pelo rebelde y bigote grueso. Alicia llevaba un maquillaje pálido, el cabello corto como el de un niño, una blusa blanca, de manga corta y bolero breve, una falda estrecha y sandalias púrpuras. En cada elemento seleccionado en su vestimenta había buscado aire. Mariano, metido entre sus sandalias de gladiador romano, sudaba a cántaros cuando regresó el mesero con la orden.

Alicia habló de cómo le había parecido la ciudad, de un problema con su vuelo de regreso, de los libros que se había comprado y de Tigre. Mariano habló de su viaje a Bariloche y de los regalos que había recolectado para ella. Ambos relatos sonaban rendidos, ella bebía grandes sorbos de su Artois y él se secaba el sudor de la frente con un pañuelo que guardaba en el bolsillo de su pantaloneta. Cuando Mariano le entregó a Alicia los regalos que le había comprado ella cogió los paquetes y se quedó mirándolos sin ganas de abrirlos. Uno de ellos parecía un libro. ¿Lo querés abrir?, le dijo él. Se ve interesante, prefiero abrirlo después, respondió ella, teniendo cuidado de no pronunciar la palabra “gracias”. Dejó el paquete a un lado y bebió un trago largo de Stella. Él también bebía, y mordisqueaba los panes. Pasaron años de silencio hasta que ella tomó la palabra: La razón por la que te cité aquí tiene que ver con un asunto que tenemos pendiente, dijo Alicia, y aunque le costaba pronunciar todas esas palabras de corrido, no se detuvo. Necesito pedirte algo muy importante, continuó. Los anuncios publicitarios, que en Rivadavia eran gigantes y bulliciosos, parecían haber hecho un gesto de discreción de antagonistas. Tienes unas fotos mías donde aparezco desnuda, dijo Alicia. Y quiero que las borres… por favor, dijo, y el viento volvió a circular indigestado. Ella no quería pronunciar ese “por favor”, pero se le escapó como un pájaro que se vuela acabándolo de atrapar. Mariano no dijo nada, pero asintió con la cabeza y trinchó otro pedazo de pan. Entonces Alicia lo examinó minuciosamente y se le pareció a esas plantas que coleccionaba de niña; terrones de tierra húmeda en forma de bola metidos en unas medias de seda a través de las cuales se disparaba el pasto. Rió para sí, y volvió a preguntar: ¿Puedo contar con eso? Mariano se metió el pedazo de sándwich a la boca, lo masticó mirándola, como si estuviera masticándose las propias palabras de Alicia; tragó, y el cuello pareció deformarse como las escamas dilatadas de las serpientes que se tragan enteros huevos que son más grandes que ellas; tomó cerveza, conteniendo los gases que luego se devoró para sí; y tomó una servilleta para secarse con toda tranquilidad. Sí, podés contar con eso, dijo, con el rostro abierto como un poro.

Rellenaron lo que les quedaba de tiempo con un poco más de conversación. Alicia se fue al baño. Se detuvo varias veces para mirar los bordes tallados y las figuras meciéndose en el cenit de las ventanas, que se le asemejaban al Hades. ¿Ya pagaste?, le dijo ella cuando regresó. Él asintió sin decir nada, y tampoco esta vez Alicia le dio las gracias. Las Violetas se cerró detrás de ellos y se abrieron Rivadavia y Medrano, llenas de árboles alborotándose y escupiendo las primeras hojas del otoño sobre los transeúntes. Mariano y Alicia se despidieron con sonrisas diminutas y las cabezas levemente inclinadas, y ella caminó por la acera de Medrano hacia Corrientes. Sentía las gotas de los aires acondicionados caer desde los edificios. Caían a su alrededor sin tocarla. Firmes aunque temblorosos, se repetía con los ojos arrugados, como conteniendo un coito. Esta vez no se dio la vuelta.

MAL

 

Orfeo y Eurícide

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Bibliografía
El invierno en el aire (cuento) (fragmento)
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Después de los cumpleaños y las Navidades siempre llegaba el momento en que una tenía que sentarse a escribir cartas de agradecimiento. Una escribía cosas como “gracias por esos bombones tan deliciosos” o “has sido muy amable al regalarme el frasco de perfume”. Los bombones ya habían desaparecido y el perfume ya se había derramado, pero una tenía que dar las gracias de todos modos. Quizá por efecto del cansancio, las líneas que escribía comenzaban a torcerse hacia abajo, palabras como “agradable” y “alegre” la seguían a una, como perritos, de frase en frase, y a cada nueva expresión de gratitud, las fiestas y los regalos parecían cada vez más irrecuperables y lejanos. Una se quedaba mirando la frase inconclusa y se preguntaba qué falsedad escribiría a continuación. Sin embargo, lo que ella quería decir a Willie estaba bastante claro en su mente, tan claro como las palabras impresas en papel biblia que de tal modo le había llegado al corazón al leer el parlamento de El cuento de invierno*:
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Para mí, la vida ya no puede ser nada grato;
la corona y el consuelo de mi vida, tu favor,
los doy por perdidos, pues siento que se han ido
sin que yo sepa cómo…
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*”El cuento de invierno”, de William Shakespeare.

 

¿La autora? Silvia Townsend Warner (1893 – 1978) nació en Harrow, Middlesex (Reino Unido). Afiliada al partido comunista, miembro de la Cruz Roja, autora de una obra prolífica a la que han denominado de versátil y valiente. En su literatura la ironía de la mujer de familia se deja ver sin sutilezas.

Trueque (el envés de la otra)

Está brillante, afeitado y con los dientes haciendo fila para sonreír, y lleva esos zapatos por los que no entra el agua de los charcos. Es obvio: ahora está adentro de otra vagina. Baboso y chorreando algas, se excita en cada uno de sus bordes, entretenido lame su acidez, su cartílago y su mancha, y acorralado en sus compuertas estrechas, también gime, y quizá un rosario se le haya marcado en la cara. Se afeitó para ocultarlo, pero a mí no me engaña: escondido reemplazó mujer con mujer y ahora su esposa tendrá que irse sin maleta a lavarse en todos los espejos del mundo. Sé que él nunca terminará de evacuar su hambre de seno lechoso y genital ardido, así que su esposa tendrá que irse, igual que toda la barba que él dejó atorada en el fregadero. Mientras tanto, él amanece en dos camas, pero sigue habitando la casa que le construí dentro de mi cuerpo.

 

MAL

 

 

¿La artista? Nana Mouskouri (1934) cantante griega, atravesada por la pobreza y la vanidad de la hermosura. Su música es lo único que tengo en común con mi abuela.

A favor de la violencia contra la mujer

Actualmente este poema no se encuentra disponible porque está participando en una convocatoria.

Gracias.

MAL

Artista: Liliana Sánchez

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Bibliografía: Kinsey Report -2-

Soltera, sí. Pero no virgen. Tuve
un primo a los trece años.

Él de catorce y no sabíamos nada.
Me asusté mucho, fui con un doctor
que me dio algo y no hubo consecuencias.

Ahora soy mecanógrafa y algunas veces salgo
a pasear con amigos.
Al cine y a cenar. Y terminamos
la noche en un motel. Mi mamá no se entera.

Al principio me daba vergüenza, me humillaba
que los hombres me vieran de ese modo
después. Que me negaran
el derecho a negarme cuando no tenía ganas
porque me habían fichado como puta.

Y ni siquiera cobro. Y ni siquiera
puedo tener caprichos en la cama.
Son todos unos tales. ¿Qué por qué lo hago?
Porque me siento sola. O me fastidio.

Porque ¿no lo ve usted? estoy envejeciendo.
Ya perdí la esperanza de casarme
y prefiero una que otra cicatriz
a tener la memoria como un cofre vacío.

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¿La autora? Rosario Castellanos (1925 – 1974) Mexicana y feminista, profesora de filosofía, militante de los derechos civiles y diplomática. Recogió lo femenino en una literatura circular. Su ironía visceral es uno de los hilos más significativos de su obra, que hace entender sin llanto ese dolor de estar echadas sobre la tierra, a fuego y ácido.


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