Como ya no había nada que decir nos separamos saliendo del cine. Él se fue en un taxi y yo en un colectivo. Nos separamos y me fui a mi casa, a llamarlo, a decirle que nos habíamos separado. Cuelgo el último teléfono. Estoy cansada de vivir en un país sin estaciones, de ver el sol aparecer y desaparecer todos los días a la misma hora, de no conocer la clave de los ciclos, de no ver cómo florecen las mariposas, de vivir todos los días con un fondo verde. Siempre le temo al punto final, no a la hoja en blanco sino a la página plagada de esferas.
¿Ahora qué hago con todo esto? ¿Qué hago con los últimos dos años? Dejarlos ahí, en un portarretratos. Dejarlos aquí, en este artículo. Dejarlos en las sábanas que eché a lavar, en las copas, en las tangas que lancé por el sifón. Dejarlos, no curarme más de ellos, no vaciarme en ellos nunca más. No leer a Coupland ni a Carver hasta que tenga treinta. Deshojar las calles por las que no debo pasar, o exiliarme en un país al norte o al sur, dependiendo de en qué época del año me vendría mejor el frío. Si me voy el viento me haría olvidar. La lluvia, el silencio, eso sería todo. No volver a escuchar el piano, ni a Nick Cave. Desintegrar las palabras que componen entre todas las mismas historias. Empezar un nuevo blog, volver a palidecer. ¿Qué hago con todo eso? Ni siquiera estoy hablando de helados o de domingos por la tarde. No sé que hacer con esta estación, con todo lo que contiene: las doce horas de sol y que no pasen los días, que mañana no amanezca un día diferente, sino el mismo. La gente del trópico no comprende. No sé qué hacer. Lo último que supe de él fue que se iría. Lo último que sentí fue que se había ido la mitad de él, y que su cuerpo cortado al medio soportaba mis lágrimas como un cangrejo que sostiene la arena en la que se mete.
No más Leonard Cohen, que se calle ese y que se calle también toda la gente de los ochentas, nos dejaron a los demás con la resaca de Woodstock y con una discoteca pop-art y un montón de ilusiones vacías. Pensar que cuando lo conocí ya se había casado, y que estando de novios me mandó un mensaje de texto: “ya soy divorciado”, y yo no me emocioné porque eso del reciclaje no sirve. Tener algo que uno sabe que va a durar menos tiempo y va a funcionar peor porque está más roto y más prefabricado. Porque las manchas no cierran. Hay que hacer una lista, como un inventario, pensar en las cosas que uno jamás va a tener y mirarlas. Saber que a uno no lo van a invitar a vivir ni van a destaparlo como a un regalo. Saber que si uno cocina le va peor y que si se descuida puede terminar hablando de cómo una ex enfrentaba su periodo, su malestar, su mal genio. Tengo que acostumbrarme de una vez a que la única canción que me pudo dedicar fue “All I really want to do”, de Bob Dylan, y odiar a Bob Dylan como se odiaría a una madre que no nos dejó ir a una fiesta.
Llorar ya no está tan fácil, aunque las estrías ya no dejen cicatriz y todo se pueda sanar con un par de cucharas heladas. Llorar no es tan fácil con el útero vacío, con todo el cuerpo vacío. ¿De dónde sacamos agua? De la lluvia, de la nevera, de la tierra destilada de las plantas. De los mechones de pelo que se cayeron al piso. Toda la raíz del abandono ha desnudado sus vértebras, la rabia puesta en un cuello. Llorar no es fácil cuando se tienen los puños vencidos, la sensatez despierta, decir el dolor sin que duela.
Todo apesta, hasta el olor del cigarrillo apesta. Desmemoriar las memorias, qué problema. Buscar algún otro sujeto, qué problema. Uno sin caries, un ex – alcohólico, un ene-ene. Uno que no se haya casado, que no haya vivido, que no entienda. Que cuando uno le hable de las relaciones después del amor se quede callado. Que cuando uno se siente en la tasa delante de él se sorprenda. Que cuando uno le pida nalgadas responda “nena, pero si yo te amo”. Un tipo que no haga vivir pero que acompañe los días como si fuera una lápida llena de flores. Un tipo serio.
Fin (…)
MAL













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