Lo siento, los borrachos no son superhéroes
.“Esta mañana soy otra, toda la noche el viento me dio alas para caer”. Blanca Varela.
Una de las cosas más inteligentes que he leído es un pequeño texto de un amigo en el que se preguntaba cuál sería el poder ideal de un superhéroe. Según él no es visión infrarroja, invisibilidad, megafuerza o flexibilidad extrema. Es el poder de la invulnerabilidad. Invulnerabilidad para caerle a cualquier mujer sin sentirse menos, de enfrentar una situación de peligro sin miedo de morir o ser herido, o de no tenerle miedo a un tombo o a un indigente. Yo que soy víctima de la vulnerabilidad social de una mujer sé lo que se siente ser un canguro en un campo de minas antipersona. El peligro anuló mi tranquilidad, y la gran ciudad me domesticó con terror. Después de varios chuzos aprendí a cuidar de mí misma: toda esa letra entró con sangre. Pero tú eres un muchacho, y no sabes que el mundo no se puede habitar sin miedo.
No sé si es por euforia lo de tus borracheras. La euforia solo la siento cuando voy a más de 100 km por hora en una amplia avenida, y me atraviesa el viento. Tampoco sé si de verdad confundes la euforia con la alegría o si simplemente piensas que estar alegre es una sensación de invulnerabilidad. Lo siento, los borrachos no son superhéroes, y por el contrario, son la cosa más humana que puede haber, demasiado humana para una gran ciudad, para Bogotá o la que sea, y quizá excesivamente humana para una alcaldía de Samuel Moreno.
No sé si es ansiedad lo de tus borracheras, pero si estás enfermo la grata noticia es que todos lo estamos, y por tanto todos necesitamos pepas, abrazos, llanto, y algunos atracadores que nos defiendan de las tinieblas. Yo soy adicta al Microgynon, al Acetaminofen, al Omeprazol y al parecer ahora también al Xanax. Nunca he tomado pepas de las que manda un psiquiatra, pero creo que es porque nunca he tenido acceso a un psiquiatra. A veces no puedo controlarme, pero tengo un corazón muy fuerte, o una personalidad dramática, así que busco las películas animadas o las comedias, y evito las de terror y suspenso. Cuando yo era niña mi abuela gritaba mucho, para ella el mundo se está acabando hace ochenta años, y todo lo que no tenga agarraderas o esté metido entre un delantal, es potencialmente peligroso. Me repetía: ─Téngale miedo a los ladrones y a la candela─. Yo he tenido que lidiar con todos los atracadores de Chapinero y mi abuela se quemó el cuerpo entero al caer en un charco de aceite encendido. Se puso demasiado nerviosa cuando vio encandelada una paila sin mango y la agarró sin guante. Las curaciones a sangre fría le hicieron tomar ese gesto de Jon Voight en “Anaconda”: con los párpados caídos por encima de las pestañas y los ojos permanentemente aguados. Ya era imposible mirarla sin compasión o sin asco.
A mí los atracos me dejaron un latido más severo, un mejor estado físico, la capacidad para construir planes de escape, pero sobre todo, una garganta alcohólica: solo tomo lo que me permita regresar a mi casa a salvo. Ladrones y policías son una misma cosa, lo único que los distingue es que unos van en camioncitos blancos, les gusta el verde fluorescente y sólo pueden decir una frase a la vez; los otros van en carretas, visten de negro y no gastan su dinero en pensiones o cajas de compensación. Su mayor parecido es que tanto los unos como los otros tienen como plan de vida perseguir a gente como tú o como yo. Nos persiguen porque no somos ciudadanos: todos los candidatos por los que hemos votado hasta por cosas tan mínimas como una alcaldía local, han perdido; tiramos las colillas al piso y a veces hasta dejamos cicatrices en él; no le damos plata a los pobretones de las busetas que venden lapiceros o golosinas derretidas, ni cedemos la silla para que putas embarazadas descansen sus culos sin plata, o ancianos pensionados las usen como sillas de ruedas. Por eso te atracan o te llevan a la UPJ, porque piensan que no has trabajado y te ven tambaleándote con ese aliento sin oxígeno, viviendo como si la ciudad fuera tu hábitat, eufórico, demasiado inteligente para un mico.
A veces tengo tanto miedo que me comporto como un animal aterrorizado cuando salgo de noche, como si fuera un murciélago que necesita la luz. Y cuando sé que eres tú el bicho sin cueva yo soy el ratón en la trampa: solo se me ocurren maneras enfermas de cuidarte, como la vez que salí a la media noche a caminar por la séptima, buscándote en cada bar, hasta en los que sé que nunca entrarías, y al final regresé a mi casa con las manos llenas de plomo, los ojos ardiendo sin derramarse, rabia sin diluvio, excitación. No sé qué impulso me lleva a cometer esos suicidios… las maldiciones que vienen de ti, mi enfermedad que proviene de ti. A veces creo en Dios solo porque como mortal y como mujer no puedo cuidarte, así que mando al Sheriff invisible a que te cuide, pues desde aquí abajo se siente mucho frío. Frío como el de una cama sin brazos.
Cuando soy ese animalejo nervioso me doy cuenta de que mi mayor incapacidad es la de no poder esperar. Cuando intento dormir sin que hayas llegado a casa, cuando intento conciliar el pulso sabiendo que andas por la ciudad como un héroe sin poderes, mis ojos no cierran. Supongo que no puedo esperar porque todo lo que esperé cuando era pequeña nunca se dio. No es que fuera caprichosa, de hecho, todo lo esperaba como si fuera un perro, pero en mi casa nadie supo lo que era ser una palabra, y llevarla a la dimensión de los sentidos.
No quiero invadirte, solo quiero cuidarte. Solo quiero pensar en ti para que te duermas. No quiero impedir que te embriagues con tus amigos, pero quiero tener la certeza de que llegarás a casa con todos tus órganos en la panza. Sé que no eres un superhéroe y eso es lo que me da miedo, saber que si sangras demasiado, morirás. Si pudiera pagarle a uno de esos superhéroes para que te cuidara, lo haría, pero eso solo se hace con fe, y tú y yo somos ateos.
MAL
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Bibliografía:
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Te amo porque eres una ficción malvada y saludable.
Si cesaras se extinguiría mi existencia de inmediato.
Te podría hacer desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.
Pero, luego, ¿cuál sería mi castigo?.
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En una mano la rima
como una lágrima
en la otra el silencio
como una espada.
Échame de mi cuerpo
son las doce
sin sol ni estrellas.
¿La autora? Blanca Varela (1926 – 2009) Perú le parió al mundo este monstruo de dinamismo. La consentida de Octavio Paz, la poeta que cogía del pelo lo abstracto y lo convertía en carencia. A veces no da muestras de abundancia, pero ah!, lo que esconden sus líneas!. Muy romántica para las vísceras, pero visceral para lo romántico.

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