Textos sobre la demencia femenina.

La evolución de las especies

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“Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay”.

Alejandra Pizarnik

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         Ni Benjamín ni yo pudimos dormir anoche con la martilladera. Tuve que salir a llevarles tinto a los obreros. Fue una actitud de conciliación. Benjamín y yo no podíamos dormir y yo tengo una cafetera muy grande, como para veinte tasas. Repartí la caridad y me quedé ahí un rato, esperando los pocillos. La calle parecía el rostro de un gamín, llena de vetas, y el frío era tan nítido que se descomponía ante mis ojos, sentía cómo dejaba de ser un fantasma para hacerse materia. Hasta las uñas me dolían. Los uniformes tenían destellos de luz rebotada. No sé cómo a nadie se le ha ocurrido hacer figuritas de obreros con ese material que brilla en la oscuridad, es mucho más lógico que las estrellas.

      Todas las calles de esta ciudad en las que he vivido las arreglan constantemente, las abren, las descuajan, las rellenan y las sellan. Uno no tiene otra opción sino llevarles un tinto a esos tipos, compartir la desolación. Anoche había unos siete hombres de casco amarillo, las caras negras o sucias, eso nunca se sabe. Todos agachados contra el andén haciendo una zanja que da vuelta a la manzana. Quién sabe qué domicilio estarían haciendo, no pregunté. Tampoco nadie habló del frío.

        Después regresé a la casa y Benjamín no paraba de mirarme, pero aunque su presencia me partía no pude echarlo, ni embutirlo en el clóset con la ropa sucia o con esos bolsos que me compré en San Andresito y que ya no uso porque son escandalosos y baratos. —¿Y qué quieres que haga?, le dije. Puedo sonar esquizofrénica, pero a mí me daba la impresión de que Benjamín se movía, estaba olfateando algo. Ese olor. Hasta yo sé reconocer que mi cuarto huele a humano-pudriéndose.

         Por un lado está la pared, que como no tiene construcción del otro lado, deja filtrar la humedad y ya hasta tiene unas vetas de vidrio, ¿algas?, ¿hongos?, ¿nubes? No, es algodón deshojado. Después están las plantas que tengo en la repisa de la ventana. A veces no sé si se están marchitando o si solo están volviendo a nacer. Yo les recojo las hojas caídas y les echo agua con la chocolatera. Hablarles si no puedo, aunque mi mamá dice que ellas entienden. De todas formas raras si son, porque aquí no hay viento que les tumbe las hojas, pero las hojas se les caen. La ventana permanece cerrada. Solo la abro cuando estoy en casa, y sobretodo cuando voy a fumar, pero la abro y se mete todo el aliento de Monserrate, eso si es para tiritar trip trip trip.

         El trip trip trip es porque me estoy leyendo Opio en las nubes y hay un gato que llora como si se drogara. Todo el tiempo dice —Qué cosa tan seria, y el trip. Ese gato se parece mucho a Benjamín, aunque Benjamín no es un gato sino un lémur. Sí, como los de Madagascar. Los lémures iban a ser humanos pero se quedaron a vivir en esa isla y por eso no evolucionaron. Si Benjamín pudiera hablar, no imagino las cosas que diría de mí, serían mejores que las de Pink Tomate, aunque no sé si hablaría en inglés, en algún dialecto africano o en español, porque él es de San Francisco, pero vive conmigo hace un año y medio en Bogotá. Me lo regalaron por ser una niña

        —Ya te lo dije, te dije que no va a volver, y que yo no sé cómo jugar contigo. Toca que te aguantes, le dije, sorbiendo café. Ya no sé si se lo dije en voz alta o si le susurré eso al tinto. Prendí una vela para fumarme un Marlboro. Qué estereotipo. Los obreros seguían dándole al cemento con sus enormes martillos. Podríamos comparar todo esto con un guión de Sofía Coppola, de esos donde los personajes son todos unos exitosos perdedores y a uno le da la impresión de que en las películas nunca pasa nada, pero cuando ruedan los créditos uno dice algo como “Mierda, ese soy yo”, entonces dice que sí, que la peli estuvo buena.

         Benjamín me miraba con esas intensas pepas amarillas. Se agachaba como si fuera a acecharme con más preguntas. —Ya no me jodas, le dije o lo imaginé. —Ya te he dicho que los seres humanos cambiamos muchas veces de opinión, así que no sé si vuelva. Esa idea retumbó en mis oídos como otro martilleo, un golpe fino e inmenso. Afuera el rastrillar de las palas sobre la acera. No sé si fue buena idea llevarles café a esos pobres tipos y tenerlos despiertos con los esófagos calienticos, pero trabajando. Para completar también yo había tomado café, así que tendría que meterme unas treinta gotas de valeriana o ponerme a leer a Chaparro. Todavía estábamos lejos del amanecer.

     Fui al baño, qué dolor. Retorcijones. Es muy duro cuando uno somatiza la tristeza. Uno no come nada pero se la pasa sentado en la tasa todo el día. Cuando regresé a la alcoba Benjamín tenía una cara amarga. No sé si sería la noche, o que le acababa de toser encima. Mi alcoba huele a clínica del Pacífico, a bodega de cintas de cassette usado, a barbecue, incienso de canela, y humo. Pobre Benjamín, todo ese olor ya se le impregnó y por eso me mira como si yo fuera a darle el baño de las mujeres cuando las violan. Ni siquiera he lavado mis tenis desde que los compré. Además un peluche lavado siempre queda oliendo a humedad, y eso aquí está de sobra.

         Con toda esa escena la cosa se volvió como de cementerio. Menos mal tengo todos los medicamentos necesarios para controlarme. No me molesta. Después de todo este es un lugar agradable, y supongo que el frío cumple la función de hacerme recordar.

MAL

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Bibliografía

“Cerca del corazón salvaje” (fragmentos)

Soy un animal de pluma, Lidia de pelo, Octavio se pierde entre nosotras, indefenso. ¿Cómo escapar a mi brillo y a mi fuga y cómo escapar a la certeza de esa mujer? Nosotras dos formaríamos una unión y abasteceríamos a la humanidad, saldríamos de mañana, temprano, de puerta en puerta, tocaríamos el timbre: ¿cuál prefiere usted, el de ella o el mío?, y le entregaríamos un hijo. Comprendo por qué Octavio no se desligó de Lidia: él está siempre dispuesto a lanzarse a los pies de aquellos que andan hacia adelante. (…) Mis manos y las de ella. Las mías –esbozadas, solitarias, trazos hacia adelante y hacia atrás, descuido y rapidez en un pincel mojado en tinta blanco-triste, estoy siempre llevándome la mano a la frente, siempre amenazando con dejarlas en el aire. (…) Las de Lidia –recortadas, bonitas, cubiertas por una piel elástica, rosada, amarillenta, como una flor que vi en alguna parte, manos que reposan encima de las cosas, llenas de dirección y sabiduría.

¿La autora? Clarice Lispector (1920 – 1977) escribía con ironía, con punzadas (dolorosas, repentinas, crudas), con serenidad de raíces en la rabia, la amargura silenciosa de los días. No leyó a los filósofos. Por eso lo entiendía todo. Entendía hasta las ideas que ya dejaron de ser palabras.

2 comentarios

  1. Antonia, me gusta tu texto y el ritmo que manejas. estás volviendo por tus fueros. pero ese parrafón con esa letra no es fácil de leer. Nada que ver con la escritura sino con la lecturabilidad del blog. me parece que necesita un poc más de aire para poder disfrutar de tus textos de la manera más apropiada.
    Un abrazo
    Horwendil

    mayo 20, 2011 a las 1:18 am

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