Treinta días de negación
Lo último que recuerdo es un abrazo que no duró nada, luego negación, negación, ocho días de negación, treinta días de negación, y luego las semanas recobraron su peso y su memoria, su figura estilizada o anémica. Me aterrorizaba el título que recibían los días, me aterrorizaban los viernes y la fila de horas oscuras que les seguían. Fueron tantos cigarrillos que hicieron que me acordara que desde los nueve no tengo amígdalas, y que antes de eso era insoportable tenerlas, un taco en la garganta, como un Watergate, y cómo la penicilina eran millones de agujas haciendo filas adentro.
Ya no puedo hablar del dolor físico porque soy adulta, y ya es imposible explicar que estoy enferma desde niña, que tengo un malestar más largo que mis pasos, algo que no es un vacío sino una patología, como una colcha de lana que tejo a través de una interminable lista de rosetas de minitelar, músculopormúsculo, escarpines que se hicieron aserrín, alpargatas debilitadas por el polvo, cabellos que se reventaron pero siguieron componiendo la trenza, un aullido machucado, sonando a ventana que no cierra. Eso, la penicilina, la manera como odié a mi pediatra, el primer hombre que amé.
Con la tristeza pasa lo mismo que con la sombra, uno solo la descubre moviéndose ante la luz. Nunca he sido feliz, he sentido toneladas de placer, las hamburguesas de los retiros espirituales, los cartuchos de plástico que se quebraron y por eso los enterré, los doscientos pesos que me pagaba el padre por cada misa que le acolitaba, la lista de pasos para hacer el amor que solo contenía indicaciones para darse un beso, cuando me dijeron que me iban a regalar un perro, cuando pude decir algo útil sobre la racionalización en clase de álgebra, los aplausos de cientos de sujetos cuando acabé de recitar el poema que mi abuelo me recitó cuando se estaba vistiendo, completar cuatro sellos de países distintos en mi pasaporte, el día en que Ulrich Cova me tocó los senos y la primera cerveza fría que me tomé sin amígdalas.
Todos los días memorables de mi vida están vestidos con la ropa que yo llevaba puesta. Entonces, no me la puedo volver a poner, atrae las ansias. Así estoy mejor, quietica, debajo de ocho niveles de lana, y ese llanto en voz que no suena desde el pecho sino a un metro y medio de mi garganta. Así está la cosa, no estoy nada bien. Bad bad, y la lectura que estoy haciendo me dice hasta en los pies de página que se va a marchitar entre ceja y ceja, esa, por llamarla de alguna manera, tristeza, porque no podemos llamarla de otro modo. Yo también te quiero, tú también me importas. ¿What the fuck is this? ¿Meditation? Yoga, me dice mi amiga Ángela que haga yoga, que me lea las cosas de Walter Rizo, que él dice que uno está acostumbrado a buscar las llaves donde no se han caído. Ojalá fuera así, pero yo nunca las solté, yo nunca las tuve, yo nunca fui feliz, solo tuve orgasmos en las autopistas, en Chapinero y a bordo de un Airbus.
Que eso pasa, que no me desespere. No sé si he estado desesperada, he estado borracha, dormida o drogada, cuando me despierto la veo, a la tristeza, porque no podría denominarla de otra forma, así que me machaca, me dice que estoy preciosa y se derrite y me derrito y nos derretimos juntas. De nuevo mi cama, de nuevo el viernes y la tiniebla y voces hablando en inglés, y de nuevo sé que voy a destruirme y a fumar y a echarme un remedio que compré hace cinco años para el dolor de garganta. De nuevo sé que voy a mandarle un mensaje de texto a ella, a la tristeza, con cosas absurdas de las que luego tengo que rectificar el tono y la burla. Luego la llamada a un amigo y el maquillaje, los tacones que me compré para manifestar que soy inteligente, que lo tengo todo aprendido, que soy casi una adulta. Todo para acabar bajo muchos niveles de hibernación con guayabo, con los huesos, la cabeza ardiendo, con la losa sin lavar. No he sido feliz, la tristeza tampoco me hizo feliz, solo me dio placer, me hizo el amor, me dijo que fuera su novia, me buscó por todas las calles, me invitó rosas, y al final me dejó por otra mujer.
Treinta días de negación, a los cincuenta me iré caminando por la ladera de una colina y le arrancaré las flores, y las dejaré caer sin deshojarlas.
MAL
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Bibliografía
Pecado de omisión (fragmento)
El verano pasó. Luego el otoño y el invierno. Los pastores no bajaban al pueblo, excepto el día de la fiesta. Cada quince días un zagal les subía la «collera»: pan, cecina, sebo, ajos. A veces, una bota de vino. Las cumbres de Sagrado eran hermosas, de un azul profundo, terrible, ciego. El sol, alto y redondo, como una pupila impertérrita, reinaba allí. En la neblina del amanecer, cuando aún no se oía el zumbar de las moscas ni crujido alguno, Lope solía despertar, con la techumbre de barro encima de los ojos. Se quedaba quieto un rato, sintiendo en el costado el cuerpo de Roque el Mediano, como un bulto alentante. Luego, arrastrándose, salía para el cerradero. En el cielo, cruzados, como estrellas fugitivas, los gritos se perdían, inútiles y grandes. Sabía Dios hacia qué parte caerían. Como las piedras. Como los años. Un año, dos, cinco.
La autora? Ana María Matute (1926) Hay, a veces, en sus obras, un tufillo de compromiso social que ya no puede conmoverme. Sin embargo la leo porque me divierten los doloroso escenarios infantiles que construye. Veo la niña que fue, y se me llena la boca de agua.
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